El cuerpo profundo de esta pieza guarda una sensación de contención, como si en su interior habitara algo que se protege o se recuerda. Sus tres patas le dan firmeza, pero también una presencia ritual, casi totémica —una forma que sostiene y a la vez se eleva.
Modelada a pellizco y calada con madera, conserva las huellas del hacer: marcas vivas que rehúyen la perfección geométrica y dejan hablar a la materia. El gres negro actúa como raíz, un fondo terroso y silencioso que contrasta con el esmalte crema que lo recorre, donde la sombra se encuentra con la luz.
De 12 x 16 cm, esta pieza trasciende la función; se mueve entre la vasija y la escultura, entre lo ancestral y lo contemporáneo. Un objeto que no solo contiene —también guarda un pulso, una memoria.

